miércoles, 22 de agosto de 2012

LAS ASPIRACIONES DE MIGUEL

Miguel es uno de tantos millones de dominicanos que no  vio a Linda en los gobiernos de Leonel Fernández. Ignoro la manera que se enteró de mi visita a San José de Ocoa, mi lar nativo, pues llegué de incógnito y me interné en mi refugio ancestral, rodeado de guayabos, gallinas criollas y un gallo tuerto, que enronqueció de tanto saludar los primero rayos de la aurora y, quizás por nostalgia o vergüenza, dejó de cantar.

Miguel es un bracero laborioso, cuyas manos, a pesar de su juventud, están llenas de duros callos, fruto de las fatigosas faenas del campo, que cada  día son menos productivas para los labriegos sin recursos. Los últimos pesos que se echó en los bolsillos, según me cuenta, los obtuvo de un horno de carbón de leña. Se internó varias semanas en el monte, alimentándose de aire, hasta que cosechó el fruto de su ingente esfuerzo.

De eso habrían transcurrido ya varios meses, y su rostro cenizo reflejaba las crujías cotidianas que tejen su existencia .  En el patio recogí tres guayabas y dos limones, y le dije: Ven, te voy a enseñar a fabricar la batida más deliciosa que hayas probado en tu vida.

Tomó dos vasos de jugo sin respirar, y mirándome de hito en hito me dijo: -Martínez, los haitianos no están matando.

- ¿Como así? - Reaccioné, estimulándolo para que liberara  su amargura.

- Fulano -dijo, refiriéndose a un empresario agrícola-, me contrató por 8 mil pesos para cuidar su finca, pero sólo dure dos días.

- ¡Y por qué dos días? ¡Renunciaste? - Reaccioné, aparentando sorpresa.

- Bueno, es que apareció un haitiano y aceptó 4 mil- respondió, impregnado sus palabras de impotente resignación. 

Guardé silencio. Esas mismas quejas se escuchan a menudo en Sabana Larga, Rancho Arriba, El Pinar y en todos los lugares donde se han asentado grandes partidas de haitianos, atraídos  por las plantaciones de aguacates y de invernaderos que requieren mano de obra permanente... y sobre todo barata.

Varios miles de braceros haitianos trabajan en la zona rural de San José de Ocoa, una de las provincias más pobres del país, cuya única fuente de riqueza y de trabajo de cierta importancia es la agricultura. Una gran parte de la riqueza que produce el cultivo de vegetales en invernaderos se paga en salarios a los obreros haitianos, y ese dinero se convierte en divisas que se va para Haití, lo que ha contribuido al languidecimiento del comercio urbano y rural, y al desplazamiento de los braceros nativos.

El ocoeño que vivía echando días en la zona rural, en una gran proporción, ha emigrado al pueblo de Ocoa, asentándose en la periferia, entre petriles, cañadas y al borde de secos cauces,  y se dedica al motoconcho, al chiripeo esporádico o a cualquier actividad que produzca el moro.

Otros, como mi amigo Miguel, prefieren probar suerte en la capital. Mi amigo quiere trabajar en la capital, y así lo manifiesta. Supongo que  ha venido hasta a mí porque le inspiro confianza, y tal vez piensa, y por supuesto que ha errado, que de alguna manera yo podría ayudarle a conseguir trabajo en el gobierno.  Mi ingenuo amigo ignora que en los gobiernos del PLD, no importa quien gobierne, sólo tienen cabida los peledeistas dichosos y la clientela política que dirige partidos de bolsillos.

- Miguel-digo, mientras miro a sus ojos apagados por la tristeza- ¿sabes leer y escribir?

Me pareció que meditaba la respuesta; pero, inseguro, dejó entrever que podría haber concluido el cuarto de primaria.

-¿Qué edad tienes?

- Veintidós años.

-Mira, reflexioné en voz alta, con intención de despertarle ánimos y aspiraciones - si te propones, en dos años terminas el octavo. Y te puedes hacer bachiller...y quien sabe si hasta ir a la universidad ... Te voy a decir una vaina:¡ O estudias, o te jodes! Inscríbete... te voy a regalar todo lo que necesites para ir a la escuela-, casi le exigí, dispuesto a cumplir mi promesa.

Creo que para mi amigo Miguel mis palabras no tenían sentido. Si entendió el significado de mis palabras o si rasparon siquiera levemente  el pesado velo de su ignorancia sólo él sabrá.

- Martínez - respondió mi joven amigo -, yo lo que quiero es trabajar en un colmado... en la capital...aunque sea como delivery...

Mientras escribo estas lineas pienso en los cientos de miles de jóvenes dominicanos, que se consumen, al igual que mi amigo Miguel, en un espacio en el que las  oportunidades son más escasas que las muelas de garza, mientras los líderes políticos se empecinan  en agarrar el rábano por las hojas o en buscar la enfermedad en la sábana.







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